Antes de realizar cualquier intervención es imprescindible realizar una detección temprana efectiva y un buen diagnóstico de los pequeños, los cuales se realizan actualmente partiendo de las características psicológicas que definen el cuadro autista.

Hasta los tres primeros años de vida el autismo no suele diagnosticarse, aunque puede que sus síntomas estén presentes mucho antes, por lo que hay que investigar si los padres tienen alguna sospecha de que algo “no va bien”, y ver qué es lo que pasa realmente. Pero normalmente hasta esa edad no se diagnostica, ¿por qué sucede esto?, porque muchos de los médicos, para no equivocarse, prefieren esperar a ver si los síntomas observados desaparecen con el tiempo ya que en ocasiones presentan unas conductas que también se observan en niños con un desarrollo evolutivo normal; otras veces los pediatras desconocen los cuadros autistas y en otras ocasiones los síntomas no aparecen de forma general, sino gradual, después de un periodo de desarrollo normal. A pesar de esto no deja de ser de vital importancia una detección precoz para poder aplicar lo antes posibles unos cuidados, tratamientos y planificaciones educativas adecuados, además de apoyos e información a las familias para reducir el estrés y la angustia que lleven consigo.

Se pueden tomar como indicadores de autismo típico (de 18 a 36 meses) algunos déficits evolutivos propuestos por A. Rivière y otros que los complementan:

- Sordera aparente paradójica con falta de respuesta a llamadas e indicaciones.
- No comparte focos de atención con la mirada.
- Tiende a no mirar a los ojos.
- No mira a los adultos para comprender situaciones que le interesan o extrañan.
- No mira lo que hacen las personas.
- No suele mirar a las personas.
- No reconoce emociones en otras personas: poca implicación emocional u nulo reconocimiento de emociones.
- No sabe reconocer sus emociones: porque no sabe qué ni por qué sucede algo, como controlarlo y qué hacer si vuelve a encontrarse en esa situación .
- No sabe manejar emociones, teniendo rigidez de conductas y un ambiente estructurado.
- Hay dificultades en la Teoría de la Mente, como expuse anteriormente.
- Dificultades para manejar emociones e interactuar con los demás: en la adolescencia, algunos son conscientes, con tristeza, de que todos sus intentos por relacionarse con los demás, fracasan. - Presenta juego repetitivo o rituales.
- Se resiste a cambios de ropa, alimentación, itinerarios o situaciones.
- Se altera en situaciones inesperadas o que no anticipa.
- Las novedades le disgustan.
- Atiende obsesivamente una y otra vez a las mismas películas.
- Tiene rabietas en situaciones de cambio.
- Carece de lenguaje y, si lo tiene, lo emplea ecolálicamente o de forma poco funcional.
- Resulta difícil compartir acciones con la persona.
- No señala con el dedo para compartir experiencias ni para pedir.
- Pasa por las personas como si no estuvieran.
- Comprende “selectivamente” lo que le interesa.
- Pide las cosas llevando de la mano.
- No suele iniciar las interacciones con los adultos.
- Para comunicarnos con ellos hay que ponerse frente a frente y producir gestos claros y selectivos.
- Ignora a los niños de su edad sin jugar con ellos.
- No realiza juego de ficción.
- No da la impresión de complicidad interna con las personas que le rodean, aunque las tenga afecto.

Pese a esto, aquellas personas que cuenten con un alto funcionamiento intelectual, presencia del lenguaje y/o competencias comunicativas, una detección e intervención temprana, un tratamiento y entorno adecuados y estabilidad emocional, tendrán una mejor evolución y pronóstico.